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Gregorio Luri: “No hay padres o maestros perfectos: lo sensato es aspirar a una imperfección consciente de sí misma” 

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  • El educador, filósofo y escritor español responde una entrevista con SM con motivo de su próxima participación en el 11º Seminario Internacional de Educación Integral.

El arte de educar con sentido común es el nombre de la conferencia magistral que ofrecerá en México el pensador español Gregorio Luri. El escritor, filósofo y maestro de escuela ha respondido a una entrevista para nuestro blog, Educación Hoy, con motivo de su participación en el 11º Seminario Internacional de Educación Integral (SIEI), organizado por la Fundación SM.

¿Qué se entiende por Educación con Sentido Común? ¿En qué consiste esta propuesta educativa?

Por “educación con sentido común” no entiendo ninguna metodología concreta, sino una actitud centrada en las prácticas pedagógicas reflexivas. Para ser un buen maestro es importante tener conocimientos rigurosos de psicología, pedagogía, didáctica, etc. Pero con este conocimiento no es suficiente. Lo que se puede aprender en un libro necesita un complemento experiencial que me gusta pensarlo en analogía con el que necesita el médico. La “educación con  sentido común” es, en este sentido, una “pedagogía clínica”. Para ser un buen médico en primer lugar se necesita una buena base científica. Pero con ella no hay suficiente, porque la ciencia médica nos habla de enfermedades, mientras que  el médico se encuentra con enfermos. El médico ha de hacerse con lo que popularmente se conoce como “ojo clínico”. ¿Qué hace un médico cuando se encuentra con un paciente que le habla, habitualmente de forma ambigua, de sus molestias? En primer lugar, transforma esas molestias en síntomas y a partir de aquí elabora un diagnóstico y un tratamiento. Si el paciente mejora, seguirá con el tratamiento hasta que, recuperado, le ofrezca varios consejos sobre cómo cuidar su salud. Si no mejora, modificará el tratamiento o modificará el diagnóstico. En definitiva, quiero decir que la educación es un arte liberal, no una práctica mecánica.

¿Esta propuesta concierne más a los padres que a los maestros, o a todos los educadores por igual?

A padres y a maestros, pero de manera distinta, porque un hijo no es un alumno. No hay ni puede haber padres o maestros perfectos. Por eso lo sensato no es aspirar a la perfección, si no a una imperfección consciente de sí misma, crítica consigo misma, que aprenda de sus propias e inevitables limitaciones. El sentido común de los padres los empuja a amar a su hijo por ser exactamente lo que es, su hijo, mientras que el sentido común del maestro debería empujarlo a amar lo mejor que puede llegar a ser su alumno.

¿Qué otras ideas va a explorar en su conferencia en México?

Intentaré presentar la práctica docente como un proceso de aprendizaje que siempre se está completando, pero que no culmina nunca; defenderé también la importancia de que el maestro sea para sus alumnos más un ejemplo de aprendizaje que un ejemplo de sabiduría. El ars nesciendi –por utilizar las palabras de Luis Vives- debería ser un arte muy familiar al educador. El buen maestro reflexiona continuamente sobre las causas del error de sus alumnos. Defiendo la necesidad de completar la formación docente con lo que llamo una “errorología”, una inquietud experimental y reflexiva sobre las lógicas que subyacen al error de cada alumno. Sospecho que aprendemos de forma bastante similar, pero que nos equivocamos de forma distinta.

¿Cuáles son algunas de las claves para ser una familia sensatamente imperfecta?

En primer lugar, aceptar que puesto que la perfección es imposible, lo racional es aspirar a lo que está por debajo de la perfección, que es la imperfección sensata. Para ser unos padres perfectos sería necesario tener el segundo hijo antes que el primero, ser capaz de programar los propios estados de ánimo y, sobre todo, que los niños se caracterizasen por tener más sentido común que energía. Pero ocurre que ser niño es tener más energía que sentido común para controlarla. Así que si en una familia alguien tiene que poner el sentido común, son los padres. Defiendo que el primer derecho de los niños es el derecho a tener unos padres tranquilos y que el primer deber de los padres es quererse. Si somos sensatos, descubriremos que no podemos evitar tener problemas, pero sí podemos aprender a afrontarlos.

Como maestro de escuela, ¿cuáles considera que son los mayores retos que enfrentan actualmente los profesores?

Hoy es más importante que nunca tener muy claros los fines de la educación y, por consiguiente, entender el sentido de todo cuanto hacemos en la escuela. Con frecuencia me encuentro con docentes que tienen dificultades para responder a esta pregunta: “¿Qué es una experiencia educativa?” El maestro puede dudar de si una metodología es mejor que otra, pero no puede dudar de la necesidad de aplicar las mejores metodologías. Puede dudar sobre cuál es la mejor manera de hacer comprensible un problema, pero no puede permitir que flaquee su optimismo docente sin traicionarse a sí mismo. Tampoco puede permitir que sus alumnos duden de su competencia para ayudarlos en sus dificultades. Sobre las prácticas reflexivas añadiré algo más: hay escuelas con muy buenos resultados en medios culturalmente pobres, desmintiendo buena parte de los dogmas de la sociología de la educación. ¿Por qué tienen éxito donde otras fracasan? Todo docente que se precie a sí mismo debe localizar esas escuelas y aprender algo de ellas. Pero no se trata de copiar nada, sino de aprovechar lo que pueda integrar de forma coherente en la trayectoria reflexiva de su experiencia.

¿Por qué decidió dedicar su vida a la educación?

Le seré totalmente sincero. Yo elegí magisterio porque en mi familia no había recursos para poder permitirme una carrera universitaria. Mi vocación la despertó el contacto con los niños. Nunca fui un maestro perfecto. Conservo incluso indelebles en la memoria comportamientos míos de los que no me siento especialmente orgulloso, pero todos pasan a segundo plano cuando me encuentro con antiguos alumnos que me dicen que no solamente les proporcioné conocimientos académicos, sino que les ayudé a modificar la trayectoria de su vida. ¿Cuántos profesionales pueden oír cosas como esta?

Publicado el 09 de enero de 2018 

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