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El “rincón del pensar” y otros castigos: efectos en los niños

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  • La psicóloga y madre Olga Carmona expone en El País las razones por las que aislar e ignorar física y afectivamente al niño sólo produce que obedezca por miedo. 
La forma en que castigamos a los niños ha ido evolucionado con el tiempo. Hoy es cada vez más raro el castigo físico, pero han aparecido formas aparentemente más benignas como la “silla o rincón de pensar”: una especie de “tiempo fuera” destinado a que el niño reflexione sobre sus actos. 
 
Pero quienes son padres o educadores conocen “la capacidad de reflexión que tiene un niño de tres o cuatro años sobre un suceso o conducta inadecuada”, argumenta la psicóloga y madre Olga Carmona en un artículo del diario El País. En su experiencia, la mayoría de los niños sometidos al rincón de pensar, solo esperan que pase el tiempo y los dejen seguir con su vida. 
 
“La silla de pensar es la silla del resentimiento y la confusión”, dice la autora. “Un niño no sabe pensar si no es guiado y acompañado con un adulto y desde luego, nadie puede pensar inundado de ira o de frustración. Aislar e ignorar física y afectivamente a un niño, no educa”. 
 
Lo que sí educa, explica Carmona, es contenerlo, ayudarlo a calmarse y después guiarlo hacia una reflexión sobre lo ocurrido, tratando conjuntamente de encontrar una mejor manera de hacer las cosas. “No se trata solo de decirle lo que no es correcto, sino de mostrarle caminos alternativos al mal comportamiento”. 
 
Carmona está convencida de que el castigo es un modelo de aprendizaje que corresponde al siglo pasado. “Atenta contra la dignidad de quien lo recibe, intoxica el vínculo padre-hijo, produce resentimiento, anula el criterio, genera indefensión, conductas evitativas, y violencia, fragiliza una autoestima en construcción, y genera ansiedad y miedo”.
 
Con el castigo, no se interioriza el aprendizaje a largo plazo, añade, pues los niños solo obedecen por miedo. 
 
Por eso la autora defiende “un modelo educativo basado en la prevención y en la comunicación emocional”, donde “hay límites razonados y donde no evito que el niño sienta las consecuencias naturales de un mal comportamiento. (...) Un modelo que pone más luz en lo que se hace bien que en el error, un modelo donde dicho error es un recurso genuino y valioso para el aprendizaje, no algo a combatir”.
 
Fuente: El País
 
Publicado el 4 de enero de 2017 
 
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