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Diez condiciones para innovar en las escuelas 

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  • La puesta en marcha de innovaciones es frecuente en muchas instituciones escolares, pero no siempre los cambios introducidos generan mejoras relevantes de la educación.

Afortunadamente, la mayoría de los sistemas educativos se encuentran en un momento en el que se tiene conciencia de la necesidad de introducir cambios en los procesos de enseñanza y aprendizaje. La puesta en marcha de innovaciones es, por tanto, un fenómeno frecuente en muchas instituciones escolares. Sin embargo, no lo es tanto que los cambios introducidos estén realmente generando una mejora relevante y continuada en la calidad de la educación.

Elena Martín Ortega, especialista en Psicología Evolutiva y de la Educación, presenta en un artículo del blog EDUforics -perteneciente a la Fundación SM-, diez condiciones necesarias para lograr innovar en las escuelas. La autora fue subdirectora y Directora General del Ministerio de Educación y Ciencia (1992-96) y ha sido consultora de la OEI.

1. Apropiarse del sentido de la innovación

Solo puede esperarse que las personas hagan un esfuerzo cuando comprenden y comparten el para qué del proceso de innovación; cuando han podido hacer suya la meta. En ocasiones se ponen en marcha procesos muy interesantes, cuya finalidad y naturaleza están claras para quienes los lideran, pero no para el resto. Es un mal comienzo.

El tiempo que se emplea en compartir el porqué del cambio permite establecer una base sólida que dará sustento al esfuerzo que conlleva una innovación y guiará el proceso durante su desarrollo. Se trata por tanto de una condición necesaria que, no obstante, no tiene que venir dada. Construir el sentido del proyecto es una tarea en sí misma, que deben planificar y poner en marcha quienes lo impulsan.

2. La escuela como unidad de innovación

La calidad de una institución escolar no depende tanto del buen hacer de cada profesor cuanto de la coherencia del conjunto del equipo docente. Un buen centro escolar es aquel en el que existe un proyecto común que armoniza la forma de enseñar de todos los profesores. No se busca la homogeneidad, que no es en sí misma ningún valor, pero sí la coherencia. Los cambios, por tanto, también deben realizarse con la perspectiva del conjunto de la institución.

La innovación que lleva a cabo un docente es muy valiosa, pero no producirá una mejora cualitativa en el centro a no ser que suponga el comienzo de una transformación generalizada. Lo importante es pues dinamizar innovaciones que impliquen al conjunto de los docentes que comparten una misma práctica educativa (un curso, un ciclo, un departamento, un determinado programa, etc.). No todos tendrán el mismo nivel de partida ni de compromiso, pero sí deberían participar desde el principio en el proceso. Esto implica garantizar tiempos de trabajo en común y personas que lideren estos espacios de reflexión.

3. Comprender los fundamentos teóricos de la innovación

Los docentes tienen que entender los mecanismos que explican por qué la nueva forma de actuar que se les propone va a permitir que los alumnos y alumnas aprendan mejor. En muchos casos, se adopta un cambio que el profesor ejecuta sin comprenderlo en profundidad, con los riesgos que ello conlleva. Si el docente no comprende a profundidad, no se garantiza la mejora. Cuando el profesor comprende estos procesos, puede regularlos deliberadamente.

4. Promover un proceso de reflexión sobre la acción

Los cambios profundos y no meramente cosméticos son lentos y complejos y tienen su origen en la acción. No se trata de explicar a los docentes lo que tienen que hacer y que luego ellos lo apliquen. No sería esta la relación entre nuestras concepciones y nuestras acciones. Es importante partir de la práctica, introducir cambios en ella e ir reflexionando sobre lo que va sucediendo: identificar todos los aspectos relevantes; atribuir a qué creemos que se deben; planificar los siguientes pasos; tomar conciencia de nuestras resistencias y de las condiciones externas que nos faltan…

La reflexión sobre la acción, es decir el análisis de la práctica, irá modificando progresiva y lentamente la manera de entender qué es enseñar y qué es aprender. Dinamizar innovaciones supone tomar la práctica de los docentes como el ingrediente fundamental del cambio. Es ingenuo pretender instaurar nuevas formas de hacer que no se incorporen en la actividad anterior del profesor para transformarla. También lo sería creer que la mera modificación de la práctica, sin reflexión, permite una mejora autónoma y duradera. La reflexión sobre la acción se dibuja entonces como el mecanismo clave del cambio.

5. Contar con la colaboración de expertos

Los actores del cambio son los docentes, pero necesitan apoyo para llevarlo a cabo. No es fácil que la reflexión a la que se acaba de aludir resulté muy enriquecedora si solo se lleva a cabo entre los profesores. Al ponerles a trabajar en equipo sin nuevos recursos se corre el riesgo de provocar un proceso poco estimulante que genera desánimo. Se precisa de la ayuda de personas más expertas, si bien su apoyo será más valioso en la medida en la que su acompañamiento se prolongue a lo largo de todo el proceso.

El énfasis no puede estar, por tanto, en ofrecer cursos u otros procedimientos para dar información, sino en contar con profesionales que ayudan a definir el sentido de la meta, crean un compromiso de grupo, contribuyen a analizar la práctica, a planificar los cambios, sugieren recursos, respetan la diversidad de ritmos y estilos de los distintos docentes y van evaluando y reajustando el proceso con la participación de todos los implicados. En último término, personas expertas no solo en un contenido específico de innovación, sino sobre todo en cómo gestionar cambio.

Si te ha interesado este artículo y deseas conocer el resto de las condiciones necesarias para que una escuela sea realmente innovadora, te invitamos a hacer click en el enlace que encontrarás más abajo, donde podrás leer el artículo completo.

Fuente: EDUforics

Publicado el 1 de febrero de 2018 

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