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“La ilustración siempre es un trabajo de conjunto”

Quetzal León Ediciones SM

  • Entrevistamos a Quetzal León, ilustrador y Director de Arte en Ediciones SM, quien estará en el CILELIJ como coordinador del coloquio Lo testimonial, lo fantástico y lo simbólico en la ilustración de la LIJ Iberoamericana.

En buena parte de la literatura infantil, “el ilustrador se convierte en el co-autor del libro”, afirma Quetzal León, Director de Arte y Diseño en Ediciones SM. En los libro-álbumes, por ejemplo, las imágenes suelen ocupar mayor espacio que las letras. “Tanto el escritor como el ilustrador son autores, pero a veces tenemos una manía de pensar que sólo hace libros quien los escribe, y no quien los ilustra, edita y diseña”.

Quetzal entró al mundo de la ilustración hace un par de décadas, y con el tiempo se involucró cada vez más con la Literatura Infantil y Juvenil (LIJ). Por su amplia experiencia en proyectos editoriales y artísticos (entre otras cosas, es co-organizador del Catálogo Iberoamérica Ilustra), será el coordinador de un coloquio con ilustradores en el III CILELIJ: Lo testimonial, lo fantástico y lo simbólico en la ilustración de la LIJ Iberoamericana, que se llevará a cabo el 15 de noviembre de las 15:00 a las 17:00 h.

Ahí participarán seis reconocidos ilustradores: Gabriel Pacheco (México), Manuel Marsol (España), Roger Ycaza (Ecuador), Vicky Ramos (Costa Rica), Juan Palomino (México) y Paloma Valdivia (Chile). “Son seis voces muy fuertes en la ilustración iberoamericana de los últimos años”, asegura Quetzal. Por eso, añade, será un reto ser el mediador del encuentro: “Todos tienen muchas cosas que decir; habrá que buscar el balance entre personalidades, experiencias y orígenes”.

Mientras nuestro Director de Arte se prepara para la conversación, que tendrá lugar en el Centro Cultural del Bosque, nos contó un poco de su experiencia en el campo de la ilustración.

¿Cómo empezaste a ilustrar libros para niños y jóvenes?

Fue casualidad. Estudié diseño gráfico y me gustaba hacer monitos, pero no esperaba hacerme ilustrador. Un día, cuando tenía 21 años, cayó a mis manos la convocatoria de lo que aquel entonces era el único catálogo de ilustradores que existía: el de la Dirección General de Publicaciones de Conaculta. Estaba a dos días de cerrar y me inventé algo en dos patadas, con la completa inconsciencia de aquel momento. Y quedé seleccionado. Entonces dije ‘igual no soy tan malo’ y ahí empecé. Hice viñetas para revistas, y cosas no tan infantiles. Había un gusto por hacerlo. Con el paso del tiempo me descubrí haciendo cosas para niños. Llegué a la LIJ de manera natural y un poco tardía: a los 27, 28 años. Pero una vez que la pruebas, no la puedes dejar.

¿Qué implica para ti ilustrar para este público?

Por un lado hay un profundo amor y reconocimiento a lo que el libro significa. Por otro lado, hay un asunto de valorización de lo que un niño recibe de ti. Al final el niño se moldea a partir de lo que está a su alrededor. Pero yo no pienso en que voy a hacer una ilustración para niños. No es un punto a plantearse ni a juzgar durante el proceso creativo. Uno hace lo que tiene que hacer y disfruta el proceso. Si resulta que eso es cercano a los niños, o al medio, ya estás del otro lado. El proceso de razonamiento es muy posterior al primer impulso. Al final, el niño es perfectamente capaz de entender una idea, o una imagen muy abstracta en cierto nivel. Habrá otros niños que la puedan entender en un segundo o tercer nivel. Hay ilustraciones que pueden leerse en un rango muy infantil y muy adulto. Ese es el misterio.

¿Recuerdas qué libro o libros te inspiraron cuando eras niño o adolescente?

De niños tenía un libro que se llamaba Simón y la pepita mágica, sobre un burrito que se convertía en piedra. Todos los días le decía a mi mamá que me lo contara. Tenía unas imágenes grandes y era una historia muy triste. De adolescente, fui lector temprano. Me acuerdo de Pedro Páramo, comencé a leer a Borges. En casa había poesía. Mi padre hacía un círculo de lectura con sus amigos y leían Las mil y una noches o Veinte mil leguas de viaje submarino. No eran versiones para niños, pero mis recuerdos están marcados por esos libros.

Como co-organizador del Catálogo Iberoamérica Ilustra, ¿encuentras alguna tendencia en el trabajo de los ilustradores contemporáneos?

Es curioso, porque después de mucho tiempo de ver ilustraciones de muchos lados descubres modelos que se repiten. No hay una temática ni estilo único, pero sí una tendencia a la autorreferencia. Los ilustradores le apuestan cada día más a hablar desde sí mismos, desde la forma como entienden el mundo. Y quizá están perdiendo el foco de la cuestión de fondo de la ilustración: que tiene que representar. Ahora se deja un poco de lado esa función para tratar de convertirse en un discurso autorreferencial muy personal. Y por supuesto que la ilustración lo permite. Si logras ser autorreferencial y también comunicar lo que el libro tiene que comunicar, estás hablando de un ilustrador de diez. Sin embargo, hay muchos que no logran dar ese brinco y se quedan en lo primero. Para mí, la ilustración siempre es un trabajo de conjunto.

¿Cuál es el mayor reto de un ilustrador contemporáneo?

Yo siempre digo que el ilustrador trabaja con sus sentimientos. Y es duro, porque casi siempre es para darle voz a otro: a un autor, a un proyecto, incluso a tu propio proyecto. Hay veces que el ilustrador se enamora de un detalle al cual no quiere renunciar porque le causa placer, pero hay que preguntarse si va en función del proyecto o no. El ilustrador tiene que aprender a renunciar a muchas cosas.

Publicado el 25 de octubre de 2016 

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